El mito del 7 de septiembre
Qué nos dicen los datos y por qué la ciencia no puede predecir sismos
FFM
9/5/2026


En la memoria colectiva mexicana, el mes de septiembre evoca una tensión casi ritual. La coincidencia del terremoto de Tehuantepec del 7 de septiembre de 2017 (Mw 8.2) con el de Acapulco del 7 de septiembre de 2021 (Mw 7.1) arraigó en la cultura popular una idea recurrente: que ciertas fechas del calendario «atraen» a los sismos mayores.
Sin embargo, al contrastar la intuición popular con el catálogo histórico del Servicio Sismológico Nacional (SSN) operado por el Instituto de Geofísica de la UNAM, la evidencia cuantitativa demuestra lo contrario: la corteza terrestre no tiene memoria de calendario, y los terremotos no se pueden predecir.
Radiografía del 7 de septiembre: lo habitual frente a lo extraordinario
Al analizar los 1,114 eventos sísmicos catalogados exclusivamente en los días 7 de septiembre entre 1974 y 2025, emergen certezas estadísticas:
La tierra vibra a diario: En México ocurren decenas de sismos al día. No hay una sola fecha del año en la que la actividad tectónica se detenga.
La Ley de Gutenberg-Richter en acción: En sismología, esta ley describe la relación inversa entre la magnitud de los sismos y su frecuencia (a menor magnitud, exponencialmente más sismos). En nuestro registro histórico del 7 de septiembre:
El 87.7% de los sismos registrados se sitúan por debajo de magnitud 4.0 (microsismos y eventos de muy baja energía, imperceptibles para la población sin instrumentación).
El 11.9% corresponde a sismos ligeros (magnitud 4.0 a 4.9).
Apenas el 0.4% (4 eventos en medio siglo) superó la barrera de magnitud 5.0: el sismo de 2017 (M 8.2), el sismo de 2021 (M 7.1) y dos réplicas inmediatas en las costas de Acapulco (M 5.2 y M 5.0).
Vistos en un gráfico temporal, los sismos destructivos son anomalías estadísticas dispersas, no un patrón recurrente ni programado.
El espejismo de los datos: ¿tiembla más hoy que hace 40 años?
Al observar la gráfica temporal, surge una duda razonable: en el 7 de septiembre de 1985 solo se registraron 7 sismos, mientras que en un solo 7 de septiembre reciente se llegan a catalogar más de 150 o 200 eventos. ¿Significa esto que la Tierra está más activa?
La respuesta categórica es no. Lo que ha cambiado drásticamente no es la dinámica interna del planeta, sino la capacidad técnica de México para escuchar el suelo.
1. De los tambores de papel a los sensores de banda ancha
Hasta principios de los años 90, la red sismológica mexicana dependía de instrumentación mecánica y analógica con registros en papel ahumado (como los antiguos sismógrafos Wiechert o Sprengnether). Su rango dinámico y sensibilidad eran limitados: un sismo de magnitud 3.2 a 20 kilómetros de profundidad en la sierra de Guerrero o Oaxaca pasaba completamente desapercibido a menos que ocurriera debajo de una estación.
A partir de 1992, con el apoyo de la UNAM y el Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED), dio inicio la modernización con la Red de Banda Ancha. Estos sensores triaxiales de última generación y alta resolución capturan frecuencias extremadamente bajas y altas con una fidelidad milimétrica.
2. Densificación y telemetría en tiempo real
En las últimas dos décadas, la UNAM y el SSN han expandido sustancialmente la cobertura:
Se cuenta con una red troncal de observatorios sismológicos de banda ancha y acelerómetros de campo libre distribuidos por todo el país (con especial concentración en la zona de subducción del Pacífico: Guerrero, Oaxaca, Michoacán y Chiapas), complementada por la reciente adición de más de 50 nuevas estaciones hacia el norte y centro del territorio.
En zonas urbanas críticas como la Ciudad de México, el Instituto de Ingeniería de la UNAM y el SSN operan alrededor de 100 estaciones de monitoreo, convirtiendo al Valle de México en una de las cuencas instrumentadas con mayor resolución a nivel global (comparable a Tokio o Los Ángeles).
Los datos viajan en tiempo real vía satélite, radioenlaces y fibra óptica, transmitiendo miles de muestras por segundo hacia los servidores del SSN en Ciudad Universitaria.
Conclusión instrumental: No es que hoy tiemble más que en 1974; es que hoy contamos con un «estetoscopio» geofísico con el que se detectan rupturas microscópicas (M < 3.0) que hace cuatro décadas resultaban físicamente invisibles para los aparatos.
Por qué la ciencia no puede predecir terremotos
Aclarado el mito del aumento de sismicidad, persiste la pregunta: ¿por qué con tanta tecnología aún no podemos predecir cuándo ocurrirá el próximo gran sismo?
Predecir un sismo requiere determinar con antelación y precisión tres variables simultáneas: día y hora exactos, coordenadas geográficas del epicentro y magnitud precisa. A nivel mundial, la comunidad geofísica sostiene que esto es inviable debido a la física de la corteza:
Sistemas caóticos no lineales: Las zonas de subducción (donde la placa de Cocos desliza bajo la Norteamericana a un ritmo de 5 a 7 cm por año) acumulan esfuerzos elásticos en fallas rugosas, heterogéneas y fracturadas. El disparo de una ruptura es un proceso de física caótica: una microfractura a 30 km de profundidad puede disiparse en milisegundos o encadenar una cascada de ruptura que desplace cientos de kilómetros de falla.
Inaccesibilidad del contacto de falla: La sismogénesis ocurre a profundidades de entre 10 y 60 kilómetros bajo la roca. Es imposible introducir sensores directamente en el plano de fricción para medir tensiones diferenciales en tiempo real.
Ausencia de precursores universales: Durante décadas se han monitoreado emisiones de gas radón en pozos, variaciones en conductividad eléctrica de la roca, precursores térmicos satelitales y comportamiento animal. Ningún indicador ha demostrado correlación estadística reproducible.
Sesgo cognitivo: el calendario es una convención humana
¿Por qué seguimos pensando en el 7 o el 19 de septiembre?
Apofenia: La tendencia neurológica a vincular hechos no relacionados para buscar certidumbre ante el peligro.
Sesgo de confirmación y disponibilidad: Recordamos vivamente los desastres que marcaron a la sociedad en septiembre, pero olvidamos que México ha vivido sismos de gran energía destructiva en otros meses:
Enero de 2003: Colima (M 7.6)
Marzo de 2012: Ometepec, Guerrero (M 7.5)
Junio de 1932: Jalisco (M 8.2, uno de los mayores del siglo XX)
Octubre de 1981: Michoacán (M 7.3)
La tectónica de placas responde a balances mecánicos y termodinámicos del interior de la Tierra; no conoce divisiones astronómicas, meses ni festividades patrias.
Del misticismo a la prevención basada en ingeniería
Es fundamental no confundir la alerta sísmica (SASMEX) con una predicción:
La alerta sísmica no pronostica el evento. Detecta en tiempo real las ondas $P$ (primarias, rápidas y poco destructivas) cerca del epicentro costero y transmite una señal de radio hacia el centro del país antes de que arriben las ondas $S$ y superficiales, que viajan más lento y concentran la energía destructiva. Da segundos de ventaja basados en la diferencia de velocidad entre las ondas sísmicas y las ondas electromagnéticas de radio.
La mitigación del riesgo sísmico no depende de adivinos ni de supersticiones calendáricas, sino de:
El diseño estructural y el apego irrestricto a los reglamentos de construcción vigentes.
El estudio geotécnico de la respuesta del suelo (efecto de amplificación en cuencas sedimentarias y lacustres).
Los simulacros y protocolos de protección civil familiares y comunitarios.
No podemos evitar que la corteza se fracture ni fijar una fecha para el próximo evento mayor, pero la ingeniería y la ciencia aplicada nos permiten estar preparados cualquier día del año.


